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23-03-2009

Plan Bolonia: ¿es aún posible?

Artículo de Opinión

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 En los últimos días nos hemos encontrado diferentes noticias relacionadas con acciones institucionales dirigidas a proporcionar información acerca de lo que representa, para la universidad su incorporación al Espacio Europeo de Enseñanza Superior (EEES), también llamado Plan Bolonia. Es como una carrera, vertiginosa, a nivel político y universitario que se emprende para informar a todo el mundo, en un despliegue inusual, sobre la necesidad y oportunidad del propósito Bolonia: padres y madres, alumnos de todos lo niveles educativos, asociaciones de padres y demás colectivos ciudadanos. Y ustedes se preguntarán: ¿a santo de qué viene, ahora, todo este ajetreo? Si este proceso se inició allá por el año 1999, ¿cómo 10 años después todavía no nos hemos aclarado y convencido? Verdaderamente, ¿qué está pasando?

Los que estamos siguiendo la información sobre este trascendental asunto, constatamos que no sólo en España se han desatado movimientos anti-Bolonia, sino que también en otros países como Francia, Alemania, Reino Unido, Italia o Grecia, por ejemplo, los estudiantes y profesores reivindican algunas otras cuestiones importantes al hilo de las diferentes reformas universitarias que, invocando al Plan Bolonia, se están pretendiendo implantar en estos días. Siendo cierto que en cada país los argumentos son ligeramente diferentes, todos ellos tienen, sin embargo, un hilo conductor: la reforma de la enseñanza universitaria o, dicho de otro modo, la reforma de la Universidad Europea.

Mejoras de la nueva universidad

La propaganda institucional se empeña en explicar que los cambios emprendidos en España son buenos para la universidad del futuro, aplaudiendo las cualidades de esa nueva universidad, que tendrá como eje el alumno, en lugar del profesor; que potenciará las capacidades y las habilidades, frente a los conocimientos; que promoverá la movilidad internacional de profesores y alumnos, y que implantará unos sistemas de calidad garantes, en última instancia, de que el «producto egresado» esté perfectamente adaptado a las necesidades del mercado laboral. Ya sólo con este último objetivo deberíamos estar muy atentos, por el peligro que supondría que la nueva universidad estuviera sujeta, en gran medida, a las leyes del mercado y a las necesidades que coyunturalmente se demanden. Desde mi punto de vista, de ser esto cierto, se inicia así un camino que nos conducirá, más tarde o más temprano, a las antípodas de lo que debe representar la auténtica universidad, por cierto recogida en la Carta Magna de las Universidades Europeas, suscrita hace ya mas de 20 años, en la ciudad de Bolonia, por rectores y ministros de distintos países europeos.

Intentando encontrar una justificación razonable a tanta actividad institucional, he revisado las actuaciones que las diferentes universidades estamos desarrollando y hasta ahora sólo observo que básicamente se pretende, con la máxima urgencia, modificar las estructuras de los estudios universitarios para convertir las diplomaturas y licenciaturas en grados (o lo que es lo mismo, transformar carreras de 3 y 5 cursos en solamente 4 cursos). Pero ¿ojo! no todas las enseñanzas van a sufrir este cambio, ya que algunas mantendrán su duración actual y otras, sin embargo, han de completarse con estudios de máster, para que sea posible el ejercicio profesional.

Un guirigay

En resumen, unos estudios mantienen la duración actual, otros la aumentan y otros la disminuyen. Y todo ello bajo el supuesto criterio de una homologación con Europa. En todo este batiburrillo, la propaganda oficial defiende que, a partir de ahora, los nuevos planes de estudio serán muchísimo mejores, porque ya estarán adaptados al Plan Bolonia. No obstante, vemos que cada universidad ha hecho lo que le ha parecido y que incluso ha desaparecido el catálogo de titulaciones oficiales, con el argumento de que así se promueven la autonomía y la imaginación de cada institución universitaria. Un verdadero guirigay que se concreta, a nivel interno, en la secular preocupación por saber cuántas asignaturas le van a corresponder a cada departamento universitario en el nuevo plan de estudios. Así hemos trabajado, al menos, en la Universidad de Extremadura. No ha habido tiempo para hacernos las preguntas verdaderamente importantes, acerca de cómo debería plantearse la formación de ese futuro profesional, sobre el que debería girar toda esta reforma. Lo importante ha sido el mensaje de que nuestras titulaciones ya están adaptadas, antes que ninguna otra universidad, al maravilloso Plan Bolonia.

¿Y ante este panorama, qué podemos hacer? Resulta difícil dar marcha atrás al camino recorrido, aunque sí podríamos amortiguar sus perversas consecuencias analizando, con objetividad e imparcialidad, el momento que le ha tocado vivir a la universidad. Sería imprescindible, que la comunidad universitaria, en su conjunto (profesores, estudiantes y personal de administración y servicios) se sintiera comprometida con la reforma. Para lo cual es de la máxima urgencia abrir un debate en el seno de la propia institución, con la mente suficientemente dispuesta para considerar todas las posturas y propuestas que se planteen, y no ser cicateros en los tiempos dedicados al intercambio de pareceres y debates. Las imposiciones, desde el poder, sólo conducen a tapar y posponer los problemas. Habría que dejar a un lado lo superfluo y accesorio para descender a lo fundamental, intentando encontrar, con generosidad, el mejor camino para llevar esta nueva etapa de la Universidad de Extremadura hacia los objetivos de excelencia y calidad que Extremadura nos demanda. En definitiva, un rotundo 'sí' a lo que representa el Plan Bolonia, aunque con muchas reticencias a los procedimientos que se han seguido en su implantación.

La propaganda oficial defiende que los nuevos planes de estudio serán mejores porque ya estarán adaptados al Plan Bolonia. No obstante, vemos que cada universidad ha hecho lo que le ha parecido

Autor: ÁNGEL LÓPEZ PIÑEIRO

 
Fuente: http://www.hoy.es