Al usar este sitio acepta el uso de cookies propias y de terceros para análisis, contenido personalizado y publicidad.       Cerrar       Más información

Noticias

28-12-2009

Guerras diplomáticas

Artículo de opinión: Jesús Frades - Profesor titular de la UCLM

Opciones

  • Imprimir Imprime esta noticia
  • Enviar Enviar a un amigo

Hace ya algunas décadas me contaron, a propósito de los cambios en las denominaciones de varias profesiones relacionadas con titulaciones (algunas de ellas con apelativos no sólo ancestrales si no también cargados de significado, como maestro o perito), que un sacerdote extremeño decía, con esa fina ironía mordaz de que hacen gala algunos clérigos, que él entonces se subiría al carro para dejar de ser un cura de pueblo y pasar a ser obispo técnico rural.
Viene esto a cuento de los tiempos que corren acerca de los cambios en la Universidad en lo que se refiere a los nuevos planes de estudio y titulaciones con la excusa de la convergencia en el Espacio Europeo de Educación Superior (EEES) iniciado por la Declaración de Bolonia. Aunque es de todos conocida, no está de más recordar la máxima ignaciana: “En tiempos de tribulación  no hacer mudanza”, y pensar en obrar en consecuencia dejando de lado la mera consecución gremial, impropia de los que pertenecen, parafraseando a la célebre zarzuela, a la “crema de la intelectualidad”.
Está claro que la reforma de la Universidad es una necesidad incuestionable y que si se quiere su modernización, aquélla es inaplazable; por ello se han aprovechado en toda Europa este acuerdo y los que siguieron para transformarla. Evidentemente, como ante todo cambio, aparecen tanto los misoneístas como los excesivamente entusiastas pero, por fortuna, hay una mayoría cuya sensatez neutraliza esos extremos. Sin embargo, no todo se está haciendo con la reflexión necesaria, y también en algunos casos se está pecando de improvisación no sólo por la premura de los plazos.
Parece que la idea de convergencia, en todos sus aspectos, inmersa en el espíritu de la Declaración está siendo en parte perversamente interpretada dando lugar a algunas divergencias que están ya provocando conflictos entre partes. De aquí que en el título de este artículo, que puede parecer un oxímoron, emplee ese adjetivo en su primera acepción relacionada con los diplomas. Como en toda guerra, se libran algunas batallas en diversos frentes; en algún caso, si no en todos, al final un grupo proclamará que ha ganado para  preguntarse de inmediato por el qué (y eso si no se trata de una victoria pírrica) tras leer el parte matutino del decreto correspondiente en el BOE, tan tajante aunque no tan épico como el emitido por Perejil. La eufemística expresión de daños colaterales es de plena aplicación en este asunto.
Con esta gran reforma hubo quién creyó y, lo que es más grave, quién hizo creer que en toda Europa comunitaria, la equivalencia de títulos iba a consistir también en la igualdad de la duración de los estudios. No ha hecho falta esperar mucho para comprobar que en nuestro país esto no sólo no es así si no que, a este respecto, básicamente lo único que se ha modificado ha sido la duración de las carreras, pasando tanto las de dos ciclos (3+2 años) como las de un ciclo (3 años) a distribuirse temporalmente en 4 años. Pero incluso esta nueva distribución no ha sido universal; hay unas pocas que permanecen en “santuarios” y que no se han acortado, por razones no del todo conocidas (tampoco del todo insospechadas) aunque alguna, como Medicina, tiene, en parte, una clara explicación si uno mismo se responde a la cuestión de si se pondría en manos de un médico cuya carrera hubiese sido de 4 años.
Al hilo de esto, se ha iniciado una batalla contra las nuevas denominaciones por parte de la tropa pero también de los reservistas (por seguir con términos bélicos) dado que algunos colectivos de titulados y de alumnos con planes de estudio a extinguir tienen la pretensión, y así lo manifiestan, de que a sus diplomas clásicos se les añada, mediante una especie de convalidación “sui generis”, un orondo título de máster. Parece ser que también desde el Ministerio se ha prometido el estudio de la propuesta. Aunque pueden hacerse diversas lecturas, esto tiene un tufillo de diferenciación que va más allá de la nueva denominación. A su favor sólo puedo añadir que similares precedentes haylos, aunque ya han cumplido varios decenios. La disparatada reclamación parece estar argumentada con la idea de conseguir una distinción tangible para evitar equívocos; no obstante, no creo tan incapaces a las empresas, o a cualquier otro tipo de empleador, de distinguir entre un titulado (licenciado, ingeniero, etc.) con los planes de estudio que van a desaparecer, y un futuro graduado de primer ciclo, tenga éste o no un máster oficial de segundo ciclo. Si la ANECA controla bien las denominaciones, sobre todo en aquellos títulos con atribuciones profesionales, la confusión que algunos vaticinan no tendrá lugar.
Hilvanando con el mismo hilo, otro frente se está abriendo a propósito de los nombres de algunos centros universitarios; en este caso se trata de la discusión sobre los cambios que se proponen para pasar de ser “Escuela de…” a “Facultad de…” o designaciones similares. Uno de los problemas que parece que subyace, amén de algún caso puntual de complejo de diversa índole según sean apóstoles o detractores (y mucho me temo que ambos caerán del caballo), es la posibilidad de impartición de másteres además de los grados que tengan asignados. Sin embargo, la normativa al respecto es clara y en nada hace referencia a un requisito de ese tipo; el decreto de Postgrado no limita en este sentido al regular tanto los estudios de máster (2º ciclo) como de doctorado (3º ciclo). Traigo aquí a colación otro proverbio conocido que ya dio que hablar hace unos años: “Gato blanco, gato negro, da igual si caza ratones”, que creo que puede aplicarse perfectamente para decir que es indiferente el nombre; lo importante es tener personal que sepa cazar ratones.
Si antes se ha hablado de daños colaterales, no se puede olvidar que incluso el fuego amigo también provoca víctimas. Y ya se escucha el retumbar de los tambores de guerra (no tan lejanos) por el rumor, cada  día más extendido, de la posible inclusión, en su caso, de los nuevos graduados en el grupo A de la Administración lo cual, aunque no sea un tema académico, tiene una importancia capital y afecta también a los colegios (profesionales, claro).
Tratemos entre todos a la Universidad con una visión universal, sin caer en lo que mi admirado Sánchez Ferlosio denomina “onfaloscopia” (verlo todo desde el ombligo propio) y aprovechemos esta oportunidad para mejorarla cambiando lo que ya no funciona y añadiendo lo que los nuevos tiempos nos exigen.

Autor: Jesús Frades

Fuente: http://www.lanzadigital.com